domingo, junio 28, 2026
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Futbol sin pueblo: discreto encanto de los palcos en el Mundial 2026

Por Héctor Dimas

URUAPAN, MICH.-La Copa del Mundo 2026 entra en su fase más vibrante. La ronda de los Dieciseisavos de Final enciende las alarmas del entusiasmo nacional con un México contra Ecuador en la mítica cancha del Estadio Azteca. Debería ser una fiesta popular, el momento en que el país entero se funde en un solo grito. Sin embargo, la realidad en las taquillas (y en las pantallas de reventa) nos escupe una verdad incómoda: el deporte más hermoso del mundo se ha convertido en un artículo de ultralujo exclusivo para las élites.
Este Mundial 2026 ya es, de manera oficial, el más costoso de la historia. Ver al tres veces anfitrión se ha vuelto un privilegio prohibitivo para el mexicano promedio. Si en la Fase de Grupos las entradas ya superaban los 50 mil pesos, para este duelo de vida o muerte los precios se han disparado al doble. El asiento más «accesible» en la sección 430 araña los $77,810 pesos, mientras que las localidades VIP en reventa alcanzan la obscena cifra de $194,786 pesos. ¿Quiénes llenarán esas butacas? Definitivamente no la gente que sostiene la pasión en el día a día.
Esta gentrificación del tablón no es nueva, pero hoy alcanza niveles grotescos. Ya lo advertía con impecable lucidez Juan Villoro en su libro «Dios es redondo»:
“En el Mundial de Francia ’98, después del triunfo sobre Croacia, Didier Deschamps, capitán de la selección francesa, dijo una verdad del tamaño del estadio de Saint-Denis: quienes están en las tribunas no son los aficionados que suelen sufrir el viento y la lluvia para apoyar a los suyos, sino los amigos de las corporaciones y los tarjetahabientes de platino. El público de la semifinal parecía un casting para «El discreto encanto de la burguesía»; es cierto que apagaban el celular al hacer la ola pero no distinguían Desailly de Blanc. ‘Nuestro verdadero público son los que están todo el día vestidos de blanco, rojo y azul pero no pueden comprar un boleto’, comentó Deschamps. Por su parte, Leboeuf, quien sustituirá al suspendido Blanc, propuso colocar este letrero en el estadio: ‘Se prohíbe venir de traje’”.
Casi tres décadas después de aquella queja de Deschamps, la FIFA y el libre mercado han perfeccionado el monstruo. El recién llamado Estadio Ciudad de México no se llenará de esa afición que se desgañita en las buenas y en las malas, la que ahorra de su salario mínimo para comprar una camiseta pirata o la que sufre el transporte público bajo la lluvia para ir al estadio en el torneo local. Ese verdadero público se tendrá que conformar con verlo por televisión, uniformado con el verde, blanco y rojo en la sala de su casa o en un bar.
Los que estarán en el estadio serán los “tarjetahabientes de platino” del siglo XXI: influencers en busca de una “selfi” estética, empresarios cerrando tratos en palcos climatizados y turistas de la alta sociedad que probablemente no distingan un fuera de lugar de un tiro de esquina.
El futbol nació en los barrios, creció en el lodo y se alimentó de la mística de las clases populares. Que hoy presenciar un partido de eliminación directa cueste lo equivalente a varios meses de trabajo de un obrero es el síntoma definitivo de una enfermedad terminal en el balompié comercial. Al igual que sugirió Leboeuf en el ‘98, hoy dan ganas de colgar un enorme letrero en las puertas del “Coloso” de Santa Úrsula. Quizás no uno que prohíba venir de traje, sino uno más honesto y doloroso: «Se prohíbe la entrada a los verdaderos apasionados; propiedad exclusiva de la billetera más alta».

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